Desde cero, empiece a sumar.
Gregorio Marañón. (1887 - 1960)«Vivir no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar.Descansar, es empezar a morir.»
Hace unos cuantos días mi primo contrajo matrimonio. Siendo
honesto, la incomodidad que sentí al verlo “avanzar” a esta nueva etapa en su
vida fue la suficiente para que quisiera empezar mi relato con este hecho. No
estoy en contra del matrimonio independientemente del genero de sus participantes –bueno, debo admitir que en mi futuro no está
considerada la posibilidad de algún tipo de compromiso eclesiástico o civil más
allá de ir a la iglesia y ser un ciudadano registrado-, digo, es una elección
de valientes para la cual hace falta estar completamente al tanto de los retos
y dificultades por delante; de allí mi posición frente al matrimonio de mi
primo. En fin, a pesar de mis sentimientos al respecto, sigue siendo una
ocasión feliz en la familia. La opción que queda es celebrar y aprovechar el momento
para iniciar mi propia historia.
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1994
fue solo otro periodo más de la historia de Colombia; Samper subía al poder
mientras las FARC y los carteles de droga seguían haciendo de las suyas, aunque
eso nunca fue una sorpresa en realidad. Colombia aun no lograba ningún tipo de
acuerdo entre la guerrilla y el gobierno, con lo cual, aún estaba lejos la
posibilidad del desarme. Frente a estos acontecimientos, las personas alejadas
de cualquier frente de batalla político o militar no tenían otra opción que seguir
adelante en su diario vivir, más que por indiferencia, por costumbre.
La
población de Bogotá se puede dividir entre clase baja, media y alta. La
densidad de población en esta división indica que donde se concentran más
habitantes es en la clase media, donde según la secretaria distrital son los
estratos 2-3. Por ello, la infancia
presentada un niño que nace en estas condiciones no raya lo impresionante
pero tampoco lo aburrido; es una etapa de exploración donde se aprende a usar
los sentidos y la mente.
De
esta manera puedo dar por sentado que, al menos en mis inicios, era como todos los demás (o al menos la gran
mayoría). Nací en una ciudad donde se encuentra gente de todas las regiones de
Colombia y los extranjeros cada vez son más comunes de ver; donde el transporte
no ha cambiado desde que tengo memoria y donde de los veintitrés años que llevo
gastando aire en el planeta, llevo diecisiete años estudiando seguro de que
para todos, aún hay muchas cosas que aprender.
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En
este punto llego a la conclusión de que los comportamientos guiados por los
instintos naturales son los primeros en aprenderse y los más difíciles de
controlar, al menos en lo que a corporalidad se refiere (Cosas como hacer del
cuerpo, comer, asearse, etc. No solo sexo). Además, estos instintos son los que
permiten descubrir el mundo en un primer acercamiento.
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El
barrio el Galán es como un mercado persa porque se puede encontrar casi de todo
cerca de casa. El Galán fue mi patio de juegos durante mi infancia. A pesar de
tener corta edad puedo decir con toda confianza que no había lugar que no
conociera dentro de este sitio. Mi casa estaba aproximadamente a dos cuadras de
la avenida principal, lo cual era bastante conveniente al momento de salir a
estudiar, trabajar o simplemente a «dar
una vuelta».
Mi
infancia en el galán me permitió entender muchas cosas que ahora, un «adulto»,
considero fundamentales para poder sobrevivir en Bogotá. Desde pequeño mis
padres se esforzaron en criar un niño decente y respetuoso; como saludar bien,
dar la mano o mirar a los ojos son algunas de las bases que me enseñaron. De
tradición militar, mi padre siempre se caracterizó por tener un temperamento
estable-explosivo; estable la mayoría del tiempo pero, muy fácil de enojar en
un instante, de allí lo explosivo. Por otra parte, mi madre era-es-será de
carácter directo-explosivo, no le gustaba guardarse nada, si no le agradaba
algo no dudaba en expresar su opinión, con el pequeño inconveniente de no
aceptar refutación alguna. Que terca. Bueno, si bien es difícil tratar con
ambos, fue de ellos que aprendí no solo modales, también a no ser autocomplaciente y a pensar dos
veces antes de actuar.
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Creo
que jamás entenderé como mi temperamento resultó tan diferente del de mis
padres. Si tuviera que ponerlo en palabras sería algo como…
tranquilo-¿tranquilo? Bueno, el caso es que a diferencia de ellos controlo muy
bien mi carácter, y eso me ha ahorrado bastantes problemas hasta ahora. A fin
de cuentas, las enseñanzas dadas por mis padres me han ayudado en todo tipo de
situaciones. Es más, hoy en día intento siempre escuchar sus consejos, aunque
omito el sermón en el que vienen.
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Nos
mudamos del Galán cuando tenía ocho años. Fue duro… tener que empacar todo para
después desempacarlo implicó un esfuerzo enorme para un niño. No me dolió mucho
dejar mis amistades, la expectativa por mi nuevo hogar superó cualquier
preocupación inmediata.
Al
momento de llegar al nuevo barrio no pude ocultar mi decepción. Del Galán
llegamos a Fontibón, sin embargo no fue al centro de este barrio, sino a una de
las periferias cercanas a la Zona Franca. Mi madre compro casa sobre planos, y
si bien la casa era perfecta para los tres, al estar ubicada en el primer
conjunto de la zona, estaba rodeada de lotes vacíos de una extensión comparable
a la del conjunto donde empezábamos a vivir. Tomó un par de meses para que la
construcción del siguiente conjunto empezara, gracias a ello, el transporte
público mejoró considerablemente la frecuencia de salida y era más fácil para
mis padres llegar a sus respectivos empleos. Por mi parte, cursaba primer grado
cuando ocurrieron estos cambios, incluyendo entrar a otro colegio ubicado en
Kennedy con el argumento de que era uno de los mejores de la zona. No le tome
mucha importancia a las razones de la transferencia, al ver cómo era el colegio
electo por mis padres, no pude sino saltar a sus brazos, darles las gracias, y
salir corriendo a explorar el nuevo mundo que se abría a mis ojos.
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A
veces pienso que mi memoria empieza a realizar correctamente su trabajo en el
momento que cruzo por primera vez la puerta de ese colegio en Kennedy. Creo que
es porque fue el primer lugar donde estuve completamente apartado de mis
padres. Digo, obviamente estudiar ayuda a mejorar la memoria pero, considero
que cuando la noción de independencia surge empezamos a leer y almacenar
información pues estamos, en una medida menor a lo que implica, «solos contra
el mundo».
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No
fue difícil acoplarme al ambiente del nuevo colegio. Mis compañeros de clase
durante la primaria no cambiaron mucho a lo largo del tiempo, me refiero a que el
«parche» estuvo siempre en el mismo curso. Por suerte, lo mismo se dio con los
profesores y fue más fácil relacionarse amistosamente con ellos; aunque eso no
me ahorro los problemas causados por mi vagancia.
Al
terminar la primaria, «empezó lo bueno». Bachillerato fue el primer punto de inflexión
en mi vida; si bien seguí en la misma institución, al separarse el «parche»
tuve la oportunidad de conocer nuevas personas. Durante esos seis años, puedo
decir, fui muy vago. A pesar de que siempre me ha gustado leer, durante el
colegio nunca tuve una predilección por la escritura; de allí que no entregara
escritos de tarea y tomara pocos apuntes en clase. Además, no era raro que
faltara a clase; el tiempo que no invertía en clase, lo perdía escondiéndome con
mis compañeros en el edificio de los niños de transición. Era en ese lugar
donde aprovechábamos, no solo para vagar, sino también para hablar de chicas,
de a quien le fue peor en los parciales y para rajar de uno u otro profesor.
Como
decía en líneas anteriores, me llevaba bien con mis profesores de primaria y
tuve la oportunidad de ver clases con algunos de ellos en bachillerato. Cada año
veía de once a trece materias (por supuesto no se comparaban en intensidad a
las de la universidad); con mis profesores conocidos veía solo dos o tres… las únicas
clases en las que mi registro de asistencia estaba —como me gusta esta palabra—
inmaculado. En las demás clases, bueno, eso ya fue aclarado y sin sonar
descarado, ¡No me arrepiento! Gracias a todos esos momentos de ocio pude
cultivar amistades que me hicieron crecer como persona mientras me divertía en
grande.
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El
colegio marca la vida de un niño de formas muy curiosas. Hay que tener en
cuenta que allí se viven etapas fundamentales de la vida, como lo son: la niñez,
la pubertad y parte de la adolescencia. Cosas como el primer amor, las primeras
fiestas (incluidas borracheras con uno que otro «borrón[1]
de casete») y los primeros problemas en casa son solo algunas de las
experiencias que aguardan en dichas etapas.
Cambiando
de tema, la música siempre ha jugado un papel de vital importancia en mi vida;
simplemente, cuando uso mis audífonos, el mundo toma un color diferente. El metal
como género musical engancho mis gustos desde mi infancia, tanto así, que hoy
en día sigo escuchando los clásicos que me cautivaron de niño. Slayer,
Metallica, Black Sabbath y Iron Maiden son los responsable de que de niño riñera
con mis padres por usar solo negro, y ahora por no afeitarme y dejar crecer mi
cabello.
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En
noveno grado, junto con tres compañeros, formamos una banda de rock. Al inicio,
o único que teníamos para ofrecer era un montón de ganas que no se veían
reflejadas en el talento; de los cuatro, solo uno sabia tocar algún instrumento.
Por lo tanto, el debut definitivo de la banda se vio aplazado hasta que pudiéramos
tocar algo decente. Pasaron algunos meses mientras cada uno mejoraba en su rol.
Mi rol como baterista implicaba no solo moverme como loco en frente de todos
esos tarros, también era el responsable de llevar el compás de las canciones e
ir sincronizado con el bajo. Al ser una alineación de cuatro, optamos por la formación
más común: guitarra líder, guitarra secundaria, bajo y batería.
Hacer
música nos marcó a los cuatro. Los fines de semana dedicaba el supuesto tiempo
para hacer tareas en ensayar con la banda. Nos reuníamos en unas salas de
ensayo ubicadas en la localidad de Santa Fe, Barrio Las Nieves. El lugar era
atendido por un metalero de un metro noventa, barba hasta el pecho y cabello
hasta la cintura; casi salgo a correr en el momento que salió del mostrador. Fue
este metalero el que nos enseñó a cuadrar los amplificadores, instrumentos y la
consola, con lo cual podíamos defendernos en cualquier sala de ensayo a no ser
que fuera algo de extrema delicadeza. Ensayamos en ese mismo lugar durante dos
años, y cuando logramos ser lo suficientemente cercanos a este sujeto, pudimos
grabar nuestras primeras sesiones de ensayo que, después de ensayar,
inmediatamente escuchábamos para poder mejorar cada día en nuestros roles.
Cuando
logramos grabar nuestro primer sencillo decidimos que teníamos el nivel para
poder presentarnos en vivo. El gran momento fue durante la graduación. No podíamos
creer que a pesar de la vagancia pudimos graduarnos, ¡Y con ceremonia! Y para
hacer más feliz ese momento, nos despedíamos de nuestro colegio dedicándole nuestras
primeras canciones.
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Si
me detengo para reflexionar, mi camino desde que salí del colegio no había tenido
un rumbo fijo. Pase por dos universidades antes de encontrarme con lo que
considero ahora, mi alma mater, la UPN. Si bien, no todas las decisiones que
tomé fueron las mejores, son parte de lo que me constituye hoy en día y pude
enfrentarlas gracias a las experiencias-enseñanzas-consejos de aquellos a
quienes debo el estar aquí, mi familia.
[1]
En el diccionario de la real academia de la lengua española la palabra «borrón»
contiene seis acepciones de nombre masculino y una de expresión coloquial, para
efecto de significado se hace referencia a la acepción de nombre masculino número
cinco: Acción indigna que mancha y oscurece la reputación o fama.







No quería que se acabara tu relato, siento como lectora que me quedo faltando algo... Tu relato es totalmente "atrapante": con una lógica de lectura alternativa que al principio me costó pero que poco a poco me fue cautivando. Además tu prosa tiene encanto, es agradable, divertida, amena, emotiva...Por supuesto puedes trabajar aún más en la construcción de la trama y aprovechar este magnífico potencial que tienes como escritor. Podrías ampliar las descripciones para recrear mejor los escenarios y las experiencias, apoyarte en giros lingüísticos, figuras retóricas y literarias que le den mayor vigor expresivo y vivacidad a tu relato.
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